Presión estudiantil hizo retroceder al rectorado, pero la crisis sigue viva en la UNSCH
Al rector no le quedó otra que ceder ante la presión estudiantil: lo que el sindicato administrativo no logró en meses, los estudiantes lo arrancaron en días, la salida de funcionarios de confianza duramente cuestionados.
La olla de presión finalmente reventó. Tras días de toma de local,
denuncias constantes y un rechazo que ya no se podía maquillar, la gestión del
rector tuvo que ceder y retirar a funcionarios duramente cuestionados. No fue
una decisión voluntaria: fue una reacción forzada por una comunidad
universitaria que ya no estaba dispuesta a tolerar más improvisación.
Pero este
estallido no apareció de la noche a la mañana. Durante semanas —y para muchos,
meses— estudiantes y gremios venían alertando sobre un escenario crítico:
escuelas profesionales sin docentes, cursos paralizados, infraestructura en
riesgo y decisiones administrativas que parecían tomadas sin planificación ni
criterio técnico. Un cóctel perfecto para el colapso.
La
indignación creció en silencio, hasta que dejó de ser silenciosa.
La toma de la
universidad fue el punto de quiebre. Lo que empezó como reclamos puntuales
terminó convirtiéndose en una protesta masiva que expuso, sin filtros, las
debilidades de la actual gestión. La comunidad universitaria no solo exigía
soluciones: exigía responsabilidades.
El mensaje
fue claro, directo y sin espacio para interpretaciones: o hay cambios reales o la crisis continúa. Y la
presión no se queda ahí. Desde el gremio estudiantil ya se desliza una
posibilidad que antes parecía lejana: impulsar la vacancia del rector si los
compromisos asumidos no se cumplen en los plazos establecidos.
Porque aquí
hay algo que no se puede ignorar: la confianza está rota.
Si bien la
toma fue levantada tras una serie de acuerdos, el ambiente dentro de la
universidad sigue siendo tenso. Hay dudas, hay vigilancia y, sobre todo, hay
una comunidad que ya aprendió que solo con presión se consiguen respuestas. La
calma que hoy se ve es, en el mejor de los casos, provisional.
Y en el fondo
queda una pregunta incómoda: ¿se están resolviendo los problemas o solo se
están apagando incendios?
Lo ocurrido en la UNSCH no es un hecho aislado. Refleja una crisis
más profunda en la gestión universitaria pública, donde la burocracia, la falta
de planificación y la desconexión con la realidad estudiantil terminan pasando
factura.
La UNSCH sigue en crisis. La confianza no se recupera con
comunicados. Y la comunidad universitaria ya demostró que puede volver a las
calles.
Esto no terminó. Esto recién empieza.

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