Ayacucho: devoción en procesión, indiferencia todo el año


Cuando la espiritualidad se exhibe y la empatía se posterga, el mal trato deja de ser excepción y se convierte en costumbre social.

“Es mejor ser odiado por lo que eres que amado por lo que no eres”, escribió André Gide.

Una frase incómoda, casi antipática, para una sociedad que prefiere el aplauso fácil antes que la autocrítica. Y si hay una ciudad que ha perfeccionado el arte de verse virtuosa sin necesariamente serlo en lo cotidiano, esa es Ayacucho, la orgullosa y autoproclamada ciudad de los templos.

Porque aquí la espiritualidad se eleva en cúpulas, pero rara vez desciende al trato diario.

Abundan las iglesias, las procesiones, los discursos sobre valores y tradición; pero escasea algo mucho más terrenal: la empatía constante, la cortesía sin condiciones, el respeto sin excusas.

En Ayacucho la amabilidad existe, claro que sí. Pero es intermitente. Funciona mejor con música de fondo, cerveza en mano y calendario festivo. Cuando hay fiesta, todos somos hermanos; cuando no, cada quien sobrevive como puede.

LA CORTESÍA CON HORARIO RESTRINGIDO:

En los mercados y negocios, el acto de comprar puede sentirse como una intromisión. Algunos vendedores atienden con la convicción de que el cliente debe agradecer el privilegio de ser atendido.

—“¿Va a llevar o no?”

—“Eso cuesta.”

—“No hay, ya.”

No hay mala intención, dicen. “Así hablamos”, justifican. Y ahí empieza el verdadero problema: la normalización del mal trato. No es grosería, es “costumbre”. No es desgano, es “carácter”. No es mala atención, es “así somos los ayacuchanos”.

Curiosamente, esos mismos rostros se transforman durante carnavales y fiestas patronales. El ceño fruncido se vuelve abrazo; el silencio, brindis; la indiferencia, afecto instantáneo. Una cordialidad tan intensa como efímera.

MOVILIDAD URBANA O ACTO DE FE:

Subirse a un mototaxi en Ayacucho es más un ejercicio espiritual que un simple traslado. Las reglas de tránsito parecen sugerencias poéticas, no normas reales. Los giros se improvisan, los paraderos se reinventan y la velocidad se adapta al estado de ánimo del conductor.

En los colectivos, el pasajero aprende rápido que reclamar es un deporte de alto riesgo. El cobrador responde como si la consulta fuera un ataque personal y el conductor maneja convencido de que la prisa justifica todo. Aquí no se transportan personas: se administran molestias.

Pero nadie se queja demasiado. “Así es acá”, dicen. Otra vez la frase mágica que todo lo explica y nada cambia.

EL ESTADO COMO PROPIEDAD PRIVADA:

El capítulo más ilustrativo ocurre en el sector público. Entrar a una oficina estatal en Ayacucho es asistir a una coreografía del desgano. Funcionarios que trabajan por costumbre, no por vocación; que atienden como si el ciudadano interrumpiera una rutina sagrada.

La información llega a cuentagotas, los trámites se eternizan y el famoso “vuelva mañana” se convierte en doctrina administrativa. No falta quien defienda su institución con fervor casi patriótico, mientras trata al usuario con absoluta indiferencia.

Paradójicamente, muchos de estos trabajadores se presentan como los más morales, los más sacrificados, los guardianes del honor institucional. Eso sí: defienden la institución solo cuando se trata de defender sus propios intereses, no cuando toca servir a quien la sostiene.

LA FE EN EXHIBICIÓN Y LA EMPATÍA EN RESERVA:

Ayacucho es una ciudad profundamente simbólica. Vive de rituales, de memoria, de solemnidad. Pero la espiritualidad parece quedarse atrapada en los muros de los templos. Afuera, en la calle, en la fila, en el mostrador, el prójimo vuelve a ser un estorbo.

Se reza mucho. Se escucha poco. Se predica valores. Se practica indiferencia.

Y todo se justifica bajo una peligrosa consigna colectiva: “no exageres”, “siempre fue así”, “acostúmbrate”.

CONTRA LA COMODIDAD DE NORMALIZARLO TODO:

Ayacucho no necesita más gente que normalice lo inaceptable. No necesita ciudadanos que confundan identidad con mala educación. No necesita defensores de la tradición que usan la costumbre como excusa para no cambiar nada.

Necesita incomodidad. Necesita autocrítica. Necesita personas que se atrevan a decir que algo no está bien, aunque eso rompa la armonía ficticia. Porque una ciudad no se mide por la cantidad de templos que tiene, sino por cómo trata a quien entra en ellos y a quien se queda afuera. Decir esto incomodará. Generará rechazo.

Pero, como advirtió Gide, siempre será preferible cargar con ese rechazo antes que sostener una amabilidad falsa, una espiritualidad decorativa y una identidad que solo funciona cuando hay fiesta.

Ayacucho merece algo mejor que la costumbre. Merece coherencia. Y eso empieza dejando de normalizar lo que claramente no debería ser normal.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Creer que por unas malas experiencias que tuvo el autor Ayacucho es como indica es caer en una falta de juicio. Los ayacuchanos somos por naturaleza amables pero aguerridos, lo que no es contradicción, sino complemento.
Chichu Barboza ha dicho que…
Gracias por tu comentario... No normalicemos. "Los ayacuchanos somos por naturaleza amables pero aguerridos". Los hay, pero no todos.